“Pero sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ningún otro juramento; sino que vuestro sí sea sí, y vuestro no sea no, para que no caigáis en condenación.” (Santiago 5: 12)

«Jurar» es introducir a Dios en nuestras circunstancias y presentarlo para que dé validez a nuestros compromisos. Y esto, porque de alguna manera, nuestra integridad se ha ido agrietando. Por ejemplo: «Te juro por Dios que no miento»; o, «Por Dios que voy a hacerlo». O, «¡Nunca más volverá a suceder! Pongo a Dios por testigo». Santiago capta del Sermón del Monte de Jesús su enseñanza sobre los juramentos: (Mt 5:34-37). Y retomando esas enseñanzas de su Señor, escribe en su epístola: “Pero sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ningún otro juramento; sino que vuestro sí sea sí, y vuestro no sea no, para que no caigáis en condenación.” (Santiago 5: 12)

Claro que no es incorrecto prestar juramento cuando damos testimonio ante un tribunal, o al casarnos. Los juramentos son algo incorrecto cuando se usan mal, con la intención de engañar a otros o cuando se emplean precipitadamente o con jactancia. La Biblia da ejemplos de hombres santos que hicieron juramentos. David le juró a Jonatán (1 Samuel 20:12–17; 2 Samuel 21:7), a Saúl (1 Samuel 24:21–22), y a Dios (2 Samuel 3:35). El pueblo de Israel bajo Josué hizo un juramento (Josué 6:26), y los exiliados que volvieron (Esdras 10:5; Nehemías 10:28–30). El apóstol Pablo hizo voto a Dios (Hechos 18:18), e hizo un juramento de veracidad al escribir a los corintios: “El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien es bendito por los siglos, sabe que no miento” (2 Corintios 11:31). Hasta un ángel hizo un juramento (Apocalipsis 10:5–6).

La prohibición de Santiago en cuanto a jurar está en tiempo presente, él quiere que sus lectores dejen de participar en algo en lo cual ya estaban participando. Sus lectores cristianos judíos vivían bajo presiones extremas en lo religioso, lo cultural y lo económico para que negaran a Cristo de palabra y obra. Pudiera ser que la prohibición tenga que ver con retrac­tarse de su confesión de fe en Cristo o prometer lealtad a otros aparte de la iglesia. En la situa­ción que tenían, el resultado de jurar produciría grandes beneficios: reducción del sufrimiento, la persecución, la adversidad o las pruebas; pero el costo sería abandonar a su Salvador.

Veo en todo esto una exhortación a la senci­llez en el hablar. Es un llamado a recuperar la integridad de nuestras palabras, respaldadas por una vida de total credibilidad. A responder a las circunstancias con un simple «sí» o «no». A responder de manera precisa y autentica. Cuando se trata de las circunstancias espinosas de la vida, somos sabios si aprendemos a evitar las largas explicaciones, las excusas detalladas y especialmente espiritualización santurrona. Este tipo de análisis desbordante nos mete en serios problemas, llevándonos a tropezar con nuestras palabras. Al punto de encontrarnos poniendo a Dios en medio de nuestras conversaciones para que las circunstancias difíciles se inclinen a nuestro favor.

Los creyentes debemos ser conocidos como personas que cumplen su palabra, teniendo tal integridad que un simple sí y no sea suficiente para las personas. Como dice Pablo: “Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo” (Efesios 4:25). Hablar la verdad en cada situación hará que brillemos en las tinieblas de un mundo de mentiras.

 

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