“Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca.”

(Santiago 5:7–8)

Nuestra gran esperanza como Iglesia es el regreso de nuestro Señor Jesucristo por nosotros. Ese glorioso momento cuando Él nos venga a bendecir con su presencia. “El fin de todas las cosas se acerca”, escribió Pedro; “sed, pues, sobrios, y velad en oración” (1 Pedro 4:7). Con su propia muerte inminente, Pablo pudo decir confiadamente: “Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Timoteo 4:8). La segura esperanza de la venida de Cristo consuela especialmente en medio de las pruebas y persecuciones. A los romanos escribió Pablo: “Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Romanos 8:18). 

Y mientras esperamos, Santiago nos exhorta a tener paciencia. Y para reforzar su exhortación describió una escena conocida. Señala que “el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía”. Al sembrar las semillas, espera a que llegue el precioso fruto de la tierra. El labrador está dependiendo de algo fuera de su control, que Dios providencialmente reúna todos los elementos que necesita el cultivo para crecer. Y aunque esos cultivos son valiosos para él labrador, porque depende de ellos para su existencia. Lo único que puede hacer es tener paciencia mientras espera anhelante la llegada de la cosecha. Así también nosotros debemos esperar pacientemente la venida del Señor Jesucristo. Esperar sin desmayar; como el apóstol Pablo escribió a los gálatas: “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos” (Gálatas 6:9). Sin importar lo que nos esté ocurriendo, necesitamos afirmarnos en la verdad de que todo el sufrimiento presente es temporal. Terminará cuando Jesucristo vuelva. 

Ten presente que Santiago escribe al cristiano; tener a Jesús marca la gran diferencia. Solo con Él es posible atravesar por cualquier experiencia de manera victoriosa. Solo con Él se puede mirar a través de la niebla de las dudas y encontrar un propósito en lo que nos ocurre. El hombre sin Cristo vive frustrado si trata de aplicar paciencia a la persecución, maltrato o aflicciones de todos los días. Pero el creyente tiene la capacidad sobrenatural, por la obra del Espíritu Santo, de aguantar las desdichas de la vida, sean blandas o extremas. Somos pacientes cuanto estamos dispuestos a aceptar el plan de Dios para todas las cosas, sin cuestionarlo ni quejarnos. El cristiano paciente reconoce que Dios no comete errores con lo que hace en su vida y que su designio siempre es lo mejor que le puede suceder, aun cuando le cueste o nunca llegue a entenderlo. Y esa paciencia permanecerá hasta que El Señor venga por nosotros.

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