“Y ahora vosotros sabéis lo que lo detiene, a fin de que a su debido tiempo se manifieste. Porque ya está en acción el misterio de la iniquidad; sólo que hay quien al presente lo detiene, hasta que él a su vez sea quitado de en medio. Y entonces se manifestará aquel inicuo…” (2 Tesalonicenses 2:3-7a).

De manera lenta pero segura, nuestro mundo está pu­driéndose por dentro. Los impíos se sumirán en una marea de corrupción, y se gloriarán en ella. Jesús nos ofreció la única estrategia que puede contrarrestar este sistema mundano y su escandalosa corrupción: (Mateo 5:13-16) Lo que dijo Jesús fue “Vosotros sois la sal de la tierra…. Vosotros sois la luz del mundo”. No sólo sal para el vecindario o la ciudad donde vivimos. ¡Somos sal y luz para el mundo entero! Ahora, tengamos muy presente que solo nos es posible ejercer esa influencia por el poder del Espíritu Santo que mora en cada uno de nosotros y en la iglesia de manera general.  

Imagina un mundo en que la iglesia ya no esté. Un mundo sin sal y sin luz sería un lugar muy triste y peligroso. Ese escenario va a ocurrir, la Biblia lo predice. En cualquier momento el Señor puede venir por su pueblo: “Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.” (1 Tesalonicenses 4:17) Y con la desaparición de la iglesia y del Espíritu Santo como el morador de todos los creyentes (Juan 14:16) las personas se colmarán de una maldad extrema manifestada en la figura del Inicuo o como es mejor conocido: el Anticristo: “Y ahora vosotros sabéis lo que lo detiene, a fin de que a su debido tiempo se manifieste. Porque ya está en acción el misterio de la iniquidad; sólo que hay quien al presente lo detiene, hasta que él a su vez sea quitado de en medio. Y entonces se manifestará aquel inicuo…” (2 Tesalonicenses 2:3-7a). Los Tesalonicenses sabían a lo que Pablo se refería, ya les había enseñado sobre el tema. Y tan al principio como Génesis 6:3 se menciona al Espíritu Santo en relación con el refrenamiento del mal. Más adelante es contemplado en este mismo papel en Isaías 59:19b, Juan 16:7–11 y 1 Juan 4:4.

Es por el Espíritu morador que los creyentes somos la sal de la tierra (Mateo 5:13) y la luz del mundo (Mateo 5:14). La sal es un conservante, y además impide el avance de la corrupción. La luz expulsa las tinieblas, la esfera en la que los hombres gustan de llevar a cabo sus malas acciones (Juan 3:19). Cuando el Espíritu Santo salga del mundo como morador permanente en la iglesia (1 Corintios 3:16) y en los creyentes individuales (1 Corintios 6:19), habrá desaparecido el freno a la iniquidad. Entonces el Anticristo expondrá las profundidades de su naturaleza maligna profanando el templo y proclamando ser Dios. Los juicios de Dios, cuyo comienzo será en la primera mitad de la tribulación, se intensificarán dramáticamente cuando el día del Señor llegue con toda su furia de juicio (Apocalipsis 4-19).

Es esta una razón más para creer en la promesa del Señor de tomarnos y llevarnos al cielo con él antes de desatar su ira en la tribulación (Apocalipsis 6: 16). Esta no es una doctrina de manufactura humana, es enseñanza del mismo Señor y Salvador. Es una promesa de bendición para nosotros que seremos arrebatados y de juicio seguro juicio para el mundo rebelde cuando desaparezca el freno a la iniquidad.

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