“No os conforméis a este siglo…” (Romanos 12: 2a)

Cuando dejamos de escandalizarnos por el pecado perdemos una fuerte defensa de protección contra el mismo. Alexander Pope escribió:

El vicio es un monstruo con un semblante tan espantoso,

que en cuanto lo vemos lo aborrecemos;

no obstante, verlo a menudo, familiarizarnos con su rostro,

lleva primero a soportarlo, luego a tenerle pena, después a abrazarlo.

Me temo que hoy estas palabras de Pope son una triste realidad en nuestra sociedad humana. Vivimos tiempos muy difíciles, donde conservar una vida santa es “mojigatería” y condenar el pecado “legalismo”. Mientras muchos llamados cristianos están más que dispuestos a sacrificar la verdad a nombre del amor y los que deciden ir contra la corriente son sometidos constantemente a una presión tremenda. 

A través de lo que vemos u oímos somos bombardeados permanente con los misiles del Maligno. De manera específica el internet y la televisión, son terrenos favoritos donde Satanás y sus demonios trabajan intensamente para llenar de basura nuestras almas. Y si además estamos ociosos, el peligro es mayor. Al principio el hedor de esa basura nos molesta y ofende, pero al pasar tanto tiempo dentro de ella llegamos a acostumbrarnos. Paulatinamente nos hacemos insensibles al pecado y al final terminamos practicándolo.

Seamos claros, el sistema de pensamiento de nuestra sociedad es repugnante. Es fácil pasar eso por alto, dejándonos envolver por una actitud indiferente y totalmente pasiva. Es fácil tomar el camino de la racionalización, mientras nos encojemos de hombros y pensamos: “Ah, eso no es gran cosa. Todos lo hacen. Esa clase de cosas suceden, no hay que volverse un fanático. Yo también fui joven alguna vez, y sobreviví.” ¡Sí, si es gran cosa! ¡El pecado es gran cosa! ¡Le costó la vida al Hijo de Dios!

Uno de los mayores problemas del cristianismo a través de su historia, ha sido nuestra tendencia a ser como el mundo. La cultura como si fuera una gran aspiradora amenaza con tragarnos, y muchos han hecho un extraordinario trabajo de adaptación. Hoy nada es malo según el pervertido criterio humano. Y una gran mayoría de cristianos han olvidado del mandato del apóstol Pablo a la iglesia de Roma: “No os conforméis a este siglo…” (Romanos 12: 2a) El mandato afable pero firme de Pablo es que no permitamos que seamos conformados a este siglo (mundo). No debemos adquirir la forma de una persona del mundo, por ninguna razón. J. B. Phillips traduce esta frase de la siguiente manera: “No permitan que el mundo que los rodea se las arregle para meterlos a la fuerza en su propio molde”. Y, por cierto, eso suele ocurrir lentamente, con esas pequeñas concesiones que vamos haciendo, específicamente en aquellas cosas que no son necesariamente pecado, pero no son sabias y si nos pueden llevar a pecar. No debemos seguir el patrón o dejar que se nos imponga el patrón establecido por el espíritu que opera en los hijos de desobediencia. Nunca debemos convertirnos en víctimas del mundo.

Solo al ser diferentes hacemos una diferencia. Por el hecho de que somos diferentes, muchos en el mundo se darán cuenta de lo que les está faltando y lo buscarán en el Dios que nosotros creemos.

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