“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.” (Filipenses 4:6–7)

La oración de gratitud es el antídoto contra la preocupación y el afán: Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.” (Filipenses 4:6–7) El tema de estos versículos no es la oración en sí, sino más bien la actitud del creyente y la prioridad que le otorga a la oración en medio de los problemas y necesidades.

Aquí se da por sentado que los cristianos clamaremos a Dios ante una necesidad o dificultad, no dudando, no cuestionando ni culpando a Dios, sino con acción de gracias (Colosenses 4:2). En lugar de abrigar un espíritu de rebelión contra lo que Dios permite, los cristianos debemos confiadamente echar “toda [nuestra] ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de [nosotros]” (1 Pedro 5:7).

Cuando recordamos las maravillosas promesas de Dios, podemos ser agradecidos sin importar lo que nos ocurra. Él ha prometido que ninguna prueba que enfrentemos será demasiado difícil para nosotros (1 Corintios 10:13). También ha prometido usar todo lo que ocurre en nuestra vida para nuestro bien (Romanos 8:28). Hasta el sufrimiento permite que seamos perfeccionados, afirmados, fortalecidos y establecidos (1 Pedro 5:10).

Las personas se preocupan, se vuelven ansiosas y temerosas porque no confían en la sabiduría, el poder o la bondad de Dios. Temen que Dios no sea lo suficientemente sabio, fuerte o bueno para evitar el desastre. Esta duda pecaminosa se debe en muchos casos a la falta de conocimiento de quien es Él, o al pecado en la vida que debilita la fe. La oración de gratitud libera del temor y el afán, porque afirma el control soberano de Dios sobre cada circunstancia, y la verdad de que su propósito es el bien de los hijos de Dios (Romanos 8:28).

Tan pronto como oramos con gratitud, recibimos la paz divina en medio de las tormentas de la vida. Isaías escribió acerca de esta paz: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” (Isaías 26:3). Esa paz sobrenatural sobrepasa todo entendimiento. Trasciende la capacidad intelectual, el análisis, el pensamiento, y el entendimiento humano. Es superior a los planes, estratagemas y soluciones humanas, pues su fuente es el Dios cuyos juicios son insondables e inescrutables sus caminos (Romanos 11:33). Se experimenta como una profunda calma que nos eleva por encima de la prueba. Puesto que es una obra sobrenatural, resiste toda comprensión humana.

El verdadero reto de la vida cristiana no es eliminar cada circunstancia desagradable, sino confiar en medio de cada dificultad en el buen propósito de nuestro Dios que es infinito, santo, soberano y poderoso. Quienes le honran confiando en Él, experimentan las bendiciones de su perfecta paz.

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