“Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.”
(2 Pedro 3: 8-9)
Dios tiene un plan soberano y un tiempo para ejecutarlo. El apóstol Pedro nos escribió en respuesta a la burla de los escépticos que dudan que Dios los juzgará: “Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.” (2 Pedro 3: 8-9) El Señor ha prometido regresar y lo hará. El volverá a juzgar al mundo y su juicio es indetenible. El regresará en el momento exacto determinado por Dios en la eternidad pasada.
Quienes insensatamente quieren que Dios se ajuste a sus calendarios pasan por alto que El es “el Alto y Sublime, el que habita en la eternidad” (Isaías 57: 15) Lo que compone el tiempo y la tierra de ninguna manera impacta el plan maestro de Dios. El es eterno; es decir, mora por encima y aparte del flujo de causa y efecto del tiempo según nosotros lo percibimos. Isaías escribió: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.” (Isaías 55:8-9). Dios actúa según su plan, no según el nuestro. Y en lo que tiene que ver con Dios, nuestra percepción finita del tiempo es irrelevante.
Desde nuestra perspectiva humana y finita, nos puede parecer que Dios se tarda. Pero… ¿quiénes somos nosotros para intentar presionar a Dios a que cumpla sus promesas o apresure su plan?  Pedro dice que la «tardanza» de Dios para juzgar, en verdad, ¡da campo para su misericordia!
Dios intencionadamente está tardando los sucesos de los tiempos del fin para dar a tantas personas como sea posible una oportunidad para acudir a Cristo y recibir la salvación. El Señor no es lento, sino paciente. No es indiferente, sino misericordioso. Su plan se desarrolla tal como lo tiene trazado. El apóstol Pablo escribió que Dios «quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Timoteo 2:4).
Dios está pacientemente esperando no solo que los que no son creyentes crean, sino también concediéndonos tiempo para proclamar las buenas nuevas de salvación a los perdidos: “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.” (Ro 10:17). Nosotros somos los instrumentos para hacer llegar el evangelio a los oídos de los perdidos.

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