Probemos imaginar este escenario: nos han llegado los tiempos difíciles de la aflicción, el sufrimiento nos golpea duramente con una hija que agoniza, el dolor y la desesperación nos embargan. A nuestra amada hija se le escapa la vida y nos sentimos terriblemente humanos bajo el peso de nuestra impotencia. En medio de nuestra angustia clamamos a Dios, tan solo para ver que las cosas empeoran. Y como si esto fuera poco las circunstancias parecer estar en contra nuestra. La gente que nos rodean en lugar de alentarnos solo nos trae malas noticias.

 Esto que acabamos de imaginar es un relato de la Biblia: “Y vino uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo; y luego que le vio, se postró a sus pies, y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá. Fue, pues, con él… Mientras él aún hablaba, vinieron de casa del principal de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas más al Maestro?” (Marcos 5: 22-24ª, 35) Podemos identificarnos con esta historia, no nos cuenta entender la situación de este desesperado padre que estuvo dispuesto a poner a un lado su posición pública, era “uno de los principales de la sinagoga” e ir a Jesús. ¡Lo que somos capaces de hacer por un hijo!

 Este era sin dudas un hombre con una gran necesidad que le lleva a Jesús. Y  estando con el Señor  y después de clamar a Él, las cosas se complican aun más. Ahora su situación ha pasado de dolorosa y difícil a terriblemente imposible, su querida hija ha muerto. ¿Qué esperanza humanamente puede quedar después de esto? Todas las puertas se han cerrado, el camino a través del oscuro túnel se terminó, y aquella pequeña luz que creíamos ver allá en el final se apagó, ya no hay a donde ir, se terminó el camino y todo permanece espantosamente oscuro. ¿Se ha sentido así alguna vez?

 En entonces cuando Jesús, al escuchar las pésimas noticias, le dice a este padre intensamente triste: “No temas, cree solamente.” (Marcos 5:36) Jesús no intenta consolarle por la muerte de su hija, sino que lo reta a tener fe. Lo invita creer sin importa lo que otros o las circunstancias mismas estén diciendo. Y seguidamente Jesús actúa manifestando su gran poder: “Y vino a casa del principal de la sinagoga, y vio el alboroto y a los que lloraban y lamentaban mucho. Y entrando, les dijo: ¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino duerme. Y se burlaban de él. Mas él, echando fuera a todos, tomó al padre y a la madre de la niña, y a los que estaban con él, y entró donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate. Y luego la niña se levantó y andaba, pues tenía doce años. Y se espantaron grandemente.” (Marcos 5: 38- 42) Jesús hizo el milagro de devolver la vida a esa niña.

 Querido hermano y amigo el Señor es todopoderoso y ese extraordinario poder debe ser una fuente de consuelo para nosotros. El entiende nuestro dolor sin importar su magnitud. Creo que el dolor más extremo que se puede experimentar es la muerte de un hijo y Dios sabe muy bien de que se trata (Juan 3: 16). A Él le intere­san nuestros problemas y quiere solucionarlos. Jesús anhela aliviar nuestras preocupaciones, y ha prometido suplir nuestras ne­cesidades. El se ha enseñoreado de la enfermedad, de la tragedia, del caos y de la muerte. Su poder no tiene límites.

 Es importante que recuerde esto cuando se enfrente a una situación imposible. Escucha estas palabras de Jesús, ellas son también para nosotros:   “No temas, cree solamente.”

 

 

 

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