“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra…”(Génesis 1: 27- 28)

En nuestra sociedad de hoy, una pregunta asalta la mente de muchos: ¿Es la biología o los sentimientos y las preferencias personales lo que determina el género? Hasta hace pocas décadas, esto no era una cuestión para polemizar. Puesto que existen solo dos sexos biológicos (por determinación cromosómica, hormo­nal y anatómica), a lo largo de la historia se ha sabido que el género de un individuo, la expresión personal de esa realidad biológica debe coincidir con el sexo biológico que se define en el momento de la concepción. Históricamente, las distinciones entre género se han basado en la biología y se han expresado en la sociedad de formas que han mantenido claras distinciones entre lo masculino y lo femenino.

Hoy en día todo ha cambiado para mal, esta cuestión ya no se considera algo simple o evidente. Las personas influyentes de la sociedad alegan que el género no debe ser determinado por el sexo biológico. En lugar de ello, afirman que el género es un constructo social que evoluciona y que poco o nada tiene que ver con los cromosomas o la anatomía de una persona. Y que cada individuo debe tener la libertad para determinar su género basado en sus sentimientos o su preferencia per­sonal, una preferencia que puede fluctuar a lo largo de su vida. Si cualquier otra autoridad (padres, maestros o incluso médicos) asigna el género de una persona, dicho acto constituye una violación a la autonomía personal y por ende se considera ofensivo. Conforme a esa línea de pensamiento, a los niños pequeños se les alienta a imaginar y explorar las diferentes posibilidades de su identidad sin limitación alguna impuesta por un certificado de nacimiento, un cartel en la pared de un baño o la sociedad en general. Al desconectar el género de la biología, la sociedad alienta a los individuos a expresarse como les place y a desechar como normas anticuadas aquellas que han definido históricamente a la cultura occidental. Así estamos, ¡en acelerada autodestrucción de todos los valores que nos han brindado solidez como nación!

No obstante, por encima de lo que una sociedad pueda pensar, está la incuestionable autoridad del Dios Vivo. Él fue el creador del sexo: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra…”(Génesis 1: 27- 28) Y lo creó como algo bueno: (Génesis 1: 31) Y la biología no es más que el resultado del diseño divino. El diseñó a cada ser humano y Él no se equivoca: (Salmo 139: 13- 16).

Pero cuando el hombre rechaza la luz de Dios caminará en la oscuridad de su propia naturaleza depravada: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!” (Isaías 5: 20) ¡Esto es confusión de la peor clase! Es el resultado de rechazar a Dios para seguir su propio camino: ” Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen” (Romanos 1: 28) Esta es una fiel descripción de la condición en que vive la sociedad hoy, donde la gente admite y divulga la perversión como algo normal. Lo mejor para disipar cualquier niebla de confusión es seguir la preciosa luz divina que nos ilumina desde las páginas de la Biblia. Ella nos ofrece un camino seguro por el cual andar, un camino que es el que honra a Dios, sin importar lo que el hombre pueda decir.

 

 

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