(Apocalipsis 10:8–11)

Todos los que amamos a Jesucristo, anhelamos su venida en gloria, porque sabemos que eso significa la destrucción de Satanás y el establecimiento del glorioso reino de nuestro Señor en la tierra, en el que Él gobernará con soberanía universal y en gloria mientras establece en el mundo la justicia, la verdad y la paz. Pero nosotros, como el apóstol Pablo (Romanos 9:1–3), nos entristecemos conociendo lo que les espera como juicio a los impíos.

Esta fue también la experiencia de Juan relatada en el libro de Apocalipsis: “La voz que oí del cielo habló otra vez conmigo, y dijo: Ve y toma el librito que está abierto en la mano del ángel que está en pie sobre el mar y sobre la tierra. Y fui al ángel, diciéndole que me diese el librito. Y él me dijo: Toma, y cómelo; y te amargará el vientre, pero en tu boca será dulce como la miel. Entonces tomé el librito de la mano del ángel, y lo comí; y era dulce en mi boca como la miel, pero cuando lo hube comido, amargó mi vientre. Y él me dijo: Es necesario que profetices otra vez sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes.” (Apocalipsis 10:8–11) Este acto de comer el libro simbolizaba absorber y asimilar la Palabra de Dios (Salmo 19:10; Jeremías 15:16; Ezequiel 3:1–3). Cuando Juan entendió la palabra divina con relación a los juicios que restaban en los que el Señor toma posesión del universo, él halló las palabras escritas en el librito tanto dulces como la miel como amargas; dulce porque Juan, como todos los creyentes, deseaba que el Señor actuara en juicio para recuperar la tierra que legítimamente le pertenece, y recibir la exaltación, la honra y la gloria que Él merece. Pero la realidad de esta terrible condena aguardando por los incrédulos, cambió el dulce sabor inicial en amargura.

Todos los que amamos a Jesucristo y esperamos anhelantes su regreso victorioso entendemos a Juan, nos identificamos con él, al sentir su misma ambivalencia. Y en armonía con su experiencia agridulce, se le dijo a Juan que entregara un mensaje (v.11) Él debía ser fiel a su tarea de registrar toda la verdad que había visto y que pronto vería. Los pecadores en todo lugar pueden conocer, porque Juan registró estas profecías, que, aunque el juicio está en el presente contenido, viene un día futuro cuando el séptimo ángel sonará su trompeta, y el dominio del pecado terminará, la libertad de Satanás y sus demonios llegará a su fin, los hombres impíos serán juzgados, y los creyentes glorificados.

Aquí hay esperanza teñida con la amargura que nos recuerda a todos los cristianos nuestra responsabilidad evangelística de advertir al mundo acerca de ese día. El apóstol Pablo nos recuerda: “La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz.” (Romanos 13: 12) La avanzada noche de la corrupción humana pronto cederá ante la luz radiante del retorno glorioso de nuestro Señor Jesucristo. ¡Se nos acaba el tiempo! Y con el fin vienen los terribles juicios de los impíos. Hoy aún hay esperanza. Dios está pacientemente esperando no solo que los que no son creyentes crean, sino también concediéndonos tiempo a nosotros para proclamar las buenas nuevas de salvación a los perdidos: “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.”   (Romanos 10:17). Tanto para los perdidos como para nosotros los cristianos, cada día que el Señor nos permite vivir sin su regreso o sin morir, es un día más por gracia que se debe aprovechar.

 

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