“Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.”

(Colosenses 4:6)

Una vida transformada debe ir acompañada de una conversación transformada. Debemos mostrar en nuestras conversaciones que realmente somos nuevas criaturas. El apóstol Pablo escribió a los colosenses: “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.” (Colosenses 4:6) Debemos cuidar que cada una de nuestras palabras sean dicha con gracia, tal como lo hizo Jesús: “Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No es éste el hijo de José?” (Lucas 4: 22) Nuestro hablar deben tener ese ingrediente indispensable que es la gracia.

Sin importar si nos encontramos soportando persecución, presiones, aprietos o injusticias, en todas las circunstancias debemos mantener una conversación que glorifique a Dios. Hablar con gracia significa decir lo que es espiritual, prudente, digno, amable, conveniente, significativo, pertinente, gentil, verdadero, amoroso y considerado. Pablo escribió: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.”(Efesios 4:29)

Y junto a la gracia también nuestras conversaciones deben ser sazonadas con sal, es decir que debe producir un efecto positivo en otros. La sal puede arder cuando se pone sobre una herida (Proverbios 27:6). Pero también es un persevante que evita la descomposición. La conversación del creyente debe actuar como una fuerza purificadora en medio de una sociedad donde la gente habla todo de perversidad, nuestro lenguaje tiene que ser diferente en el mundo y entre nuestros hermanos en Cristo.

La sal también da sabor, así que nuestra manera de hablar debe añadir gusto a las conversaciones. Siendo capaces de decir lo apropiado de la forma apropiada en el momento apropiado y con la motivación apropiada. En palabras de Pedro, debemos estar “siempre preparados para presentar defensa con manse­dumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15). No hay lugar para las groserías y las faltas de respeto a otros. Debemos tratar a los demás como nos gustaría que nos traten, así de simple.

Como hijos de Dios debemos unirnos a la oración del salmista: “Pon guarda a mi boca, oh Jehová; guarda la puerta de mis labios” (Salmo 141:3). Porque la verdad es que un hablar sin gracia es una desgracia.

 

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