“¡Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos; cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece.” (Santiago 4:13–14)No está mal hacer planes, lo malo es cuando dejamos a Dios fuera de ellos. Una planificación sabia y la búsqueda de las mejores estrategias en los negocios no son, por supuesto, cosas malas. No se viola ningún principio espiritual en nada de lo que dijeron estos hombres de negocio de los que escribe Santiago. El problema radicaba en lo que no hicieron. Estos comerciantes hicieron grandes planes; pero Dios no formaba parte de su agenda. Planificaron como para que no hubiera casualidad, como si fueran omniscientes, omnipotentes e invulnerables. ¡Que tremenda necedad!

Santiago recuerda a tales personas: “no sabéis lo que será mañana”. Como el rico insensato en la parábola de nuestro Señor (Lucas 12:16–21), ellos ignoraban el futuro. Proverbios 27:1 expresa el mismo principio: “No te jactes del día de mañana, porque no sabes lo que el día traerá”. La vida no es algo simple. Es una compleja matriz de fuerzas, sucesos, personas, eventualidades y circunstancias sobre las que tenemos muy poco o ningún control, haciendo imposible que alguien pueda cerciorarse o asegurar el futuro. A pesar de eso, algunas personas imaginan neciamente que tienen el control de su vida. Lamentablemente, tales personas pasan por alto no solo la existencia de la voluntad de Dios, sino también su beneficio. Los cristianos tenemos el consuelo de saber que el soberano, omnisciente y omnipotente Dios del universo controla cada suceso y circunstancia de nuestra vida y los entreteje en su perfecto plan para nosotros (Romanos 8:28). Salomón escribió: “Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:5–6).

Santiago dio una segunda razón de por qué se actúa neciamente cuando se deja a Dios fuera de los planes: “La brevedad de la vida”. “La vida es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece”. La vida es tan transitoria como el humo de una hoguera; el vapor de una taza de café; o nuestra respiración, brevemente visible en un día frío. Cuán insensato es, en vista de la brevedad y fragilidad de la vida terrenal, hacer planes y vivir sin considerar la voluntad de Dios.

La Biblia subraya reiteradas veces la brevedad de la vida humana. Job dice acerca del carácter efímero de la vida: “Y mis días fueron más veloces que la lanzadera del tejedor, y fenecieron sin esperanza.” (Job 7: 6) “Los días de nuestra edad son setenta años”, escribió Moisés; “y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasan, y volamos” (Salmo 90:10). “Mis días son como sombra que se va”, se lamentó el salmista, “y me he secado como la hierba” (Salmo 102:11).

Estamos terminando este año y no está mal que hagamos planes para el futuro. Pero recordar nuestra ignorancia del futuro, la fragilidad y brevedad de la vida humana debiera darnos una señal de alerta para que no hagamos de forma insensata caso omiso de la voluntad de Dios.

 

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