“Y Jehová le cerró la puerta. (Génesis 7: 16)

En su autobiografía Just as I Am (Tal como soy), el legendario evangelista Billy Graham contó una conversación inolvidable que tuvo con el presidente John F. Kennedy poco después de su elección:

En el camino de regreso a la casa de los Kennedy, el presidente electo detuvo el auto y se volvió hacia mí. “¿Crees en la Segunda Venida de Jesucristo?” me preguntó. “Ciertamente lo hago”- le contesté. “Bueno, en mí iglesia no la predican. En realidad, no nos dicen mucho al respecto. Me gustaría saber qué piensas”- dijo Kennedy. Entonces le expliqué lo que dice la Biblia acerca de la Segunda Venida de Cristo. “Muy interesante”, dijo, mirando hacia otro lado. “Tendremos que hablar más sobre eso algún día”. Y siguió conduciendo.

Varios años después, los dos se volvieron a encontrar, esta vez en el Desayuno Nacional de Oración de 1963. Graham escribió:

Tenía gripe. Después de que yo di mi breve charla y él dio la suya, salimos juntos del hotel hasta su auto, como era nuestra costumbre. En la acera, se volvió hacia mí. “Billy, ¿podrías acompañarme de regreso a la Casa Blanca? Me gustaría verte un minuto”. “Señor presidente tengo fiebre”, protesté. “No sólo estoy débil, sino que no quiero contagiarle. ¿No podríamos esperar y hablar en otro momento?”. Era un día frío y nevado, y me estaba congelando mientras estaba allí sin mi abrigo. “Por supuesto”, dijo amablemente.

Lamentablemente, el presidente y el predicador nunca volverían a encontrarse. Ese mismo año, Kennedy fue asesinado en Dallas. Graham comenta: “Su vacilación en la puerta del auto y su petición todavía me persiguen. ¿Qué tenía en mente? ¿Debería haber ido con él? Fue un momento irrecuperable. Y una oportunidad perdida.

El encuentro de Graham con el presidente ilustra un principio de vida: una ley espiritual, en realidad. Y es esto: algunos momentos son como puertas. Se abren brevemente y luego se cierran, a veces de forma permanente. Una oportunidad fugaz puede aprovecharse o perderse para siempre.  

Vemos este principio de vida representado trágicamente durante los días de Noé. Durante 120 años, casi un siglo y cuarto por fe, Noé si­guió la dirección del Señor. Reunió los materiales y construyó el arca. La puerta de la oportunidad permaneció abierta durante todo el tiempo que el “constructor de barcos” anunciaba la verdad de Dios a su generación. Convirtiéndose con seguridad, en blanco de todo tipo de burlas por todos los que contemplaban su “extraña” ocupación. Después de todo, jamás habían visto llover, la tierra era rociada desde abajo. Podemos estar seguros de que Noé habló con aquellos que venían a mirar boquiabiertos o a burlarse de su “locura”. Tal vez hacía viajes regulares a la ciudad en busca de suministros y hablaba con quienes le preguntaban: “¿Por qué estás construyendo una monstruosidad así?”. O tal vez hacía sacrificios a su Dios abierta y regularmente como testimonio para todos de que un sacrificio de sangre es necesario por el pecado. O podría haber hecho todo lo anterior. Pero sin importar su horario, métodos o palabras específicas, Noé siguió así. El diluvio profetizado por Dios estaba llegando y aunque Noé tal vez no estaba al tanto del mes o la hora, sí se dio cuenta de que su tiempo era limitado.

Aunque no se nos dice sus palabras específicas, podemos suponer que Noé, al igual que Billy Graham, mantuvo su mensaje centrado en lo esencial:

  • Eres un pecador.

  • El juicio de Dios se acerca.

  • Él ha proporcionado una salida, una vía de liberación y escape.

  • Debes arrepentirte y buscar refugio dentro de Su arca de salvación.

Entonces finalmente llegó el día. El gastado martillo de Noé yacía silencioso en el suelo. Su cubo de brea estaba vacío. Su sierra había hecho su trabajo. Él y su familia entraron en el arca y Dios mismo cerró la puerta (Génesis 7:16).  Ahora, a salvo dentro, Noé ya no estaría predicando a su generación. No más suplicar a sus vecinos, ni a señalarles el arca para la salvación. No más tiempo para ser testigo de Dios ante un mundo impío. Y vinieron las lluvias. El día del juicio había llegado. Y el Espíritu que había esperado pacientemente no contendería más con el hombre (Génesis 6:3).

¿Estás preparado para ese momento? No hagas como las personas del tiempo de Noé. No esperes hasta que la oportunidad de salvación se acabe. El tiempo de salvación es ahora. Y esa salvación no te la puede dar nada ni nadie fuera de Dios. Tu religión o tu conocimiento religioso no podrán salvarte, solo Jesús. ¡Arrepiéntete de vivir ofendiéndole con tus pecados y recíbele como tu Señor y Salvador! Hazlo ahora mismo.

 

 

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