“Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte;
y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad.”
(Proverbios 16: 32)

Todo en exceso es malo. Dios nos creó con emociones y la capacidad para enojarnos  es una de ellas. Pero cuando la ira nos embarga al punto de controlar nuestras acciones hemos tomado un camino pecaminoso. Cuando sacamos chispas, recordemos que las chispas producen incendios.

En el libro de los proverbios leemos el siguiente consejo: “Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad.” (Proverbios 16: 32) Hay quienes son capaces de tomar una cuidad, pero no logran controlarse a sí mismos cuando están llenos de ira. El dominio propio es una de las mayores expresiones de genuina fortaleza espiritual.

Cuando nos dejamos llevar por la ira perdemos la capacidad de pensar con claridad. Cuando actuamos enojados siempre lo vamos a lamentar, en realidad no actuamos sino solo reaccionamos y estas reacciones siempre nos meterán en problemas: “El que fácilmente se enoja hará locuras” (Proverbios 14: 17) ¿Cuántas cosas no hacemos y decimos enojados, para luego arrepentirnos? ¿Cuántas ideas fantásticas hemos tenido mientras estábamos enfadados? También nos dice proverbios: “Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda.”(Proverbios 25: 28) Una persona sin control se vuelve totalmente vulnerable y el diablo hace de ella un blanco predilecto.

Santiago nos recomienda: “Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.” (Santiago 1: 19, 20)  Un consejo filipino dice: “Posponga su enojo hasta mañana” Seneca dijo: “La mejor cura para el enojo es la acción retardada” Recordemos que la “ira del hombre no obra la justicia de Dios.”  Es cierto que hay momento en que la ira está justificada, pero la mayoría de las veces en que estallamos en cólera estamos pecando.

El dominio propio es obra del Espíritu Santo. Necesitamos reconocer ante Dios, con total humildad, nuestra incapacidad para controlar nuestras emociones y pedirle al Señor su poderosa ayuda y podremos contar con ella, Él lo hará.