“Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.”
(Marcos 13: 13)
El mundo es enemigo de Dios y aborrece todo lo que Él representa. El mundo odia a los cristianos porque odia a Jesucristo. Y en consecuencia vamos a ser rechazados, aborrecidos y perseguidos. El Señor Jesús nos advierte: “Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.”(Marcos 13: 13) En Juan 7: 7, Jesús también dijo del mundo: “A mí me aborrece, porque yo testifico de él, que sus obras son malas” El mensaje de Jesús molesta al mundo y entonces decide destruir al mensaje y al mensajero.
Si eso hicieron con el Señor, ¿qué podemos esperar sus seguidores? “Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre…”, dijo Jesús. Contemos con eso, habrá sufrimiento. Así que no nos sorprendamos, los tumbos duros en el camino, nos recuerdan que estamos en la dirección correcta.
Vamos a experimentar persecución por su Nombre, debemos estar alertas y recordar su promesa: “mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.” Motivamos por nuestro amor por Cristo, debemos perseverar. En lugar de lamentarnos por lo que nos esté ocurriendo, debemos soportar el sufrimiento por causa de Cristo con la resistencia de un creyente genuino. Y esa perseverancia demostrará que somos verdaderos hijos de Dios.
Por el contrario, aquel que se rinde y deserta cuando las cosas se ponen difíciles, pone de manifiesto que su fe nunca fue genuina: “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros.” (1 Juan 2: 19)
No se engañe, esto no es algo que va a poder lograr por su capacidad de resistencia, sino por el poder interior del Espíritu Santo. Será El y solo El quien le permitirá estar firme en medio de las más terribles adversidades. Por tanto, podemos hacer frente a las dificultades con inquebrantable determinación, armados con una fe divinamente otorgada que se aferra firmemente a la promesa de que Dios preservará y protegerá a quienes le pertenecen. De esta manera estaremos convirtiendo las dificultades en oportunidades para glorificar a Dios.