“El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto. También esto es vanidad.”
(Eclesiastés 5: 10)

No es malo tener dinero, lo malo es cuando llegamos a amarlo convirtiéndolo en razón principal por la cual vivimos. Salomón nos advierte: “El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto. También esto es vanidad.” (Eclesiastés 5: 10) Mientras más se tiene, más se quiere. Nunca será suficiente. Mire a muchos ricos, investigue un poco y descubrirá que siempre quieren un poco más.

Mientras más ganamos más queremos. Al fuego de la codicia se le puede alimentar pero nunca se le puede saciar. Jesús dijo: “Y les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.” (Lucas 12: 14) No obstante, aun conociendo esta verdad de Jesús, nuestra inclinación natural es a ignorarla. Nos dejamos hipnotizar de tal forma que no importa cuántas veces nos decimos que la vida no es la riqueza material, que debemos aprender a contentarnos. No importa cuántas veces presenciamos el triste final de muchos millonarios después de un andar miserable por la tierra. No importa cuán poderosamente nuestra propia experiencia nos recuerda la gran verdad de estas palabras; seguimos corriendo tras el engaño de ese sueño vacío, cautivados por el espejismo.

Y cuando la vida anda mal, lo primero que miramos es el remedio financiero. Con cosas materiales intentamos llenar el vacío en las relaciones. Repito, esa es nuestra inclinación natural. Por eso dijo Jesús: “guardaos de toda avaricia” ¡Tengan cuidado! La batalla con la codicia aun la tenemos que librar.

Salomón nos abre los ojos ante esta realidad: “El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto” No hay verdadera satisfacción en el dinero. La riqueza no es la respuesta, él lo sabía muy bien. Salomón le pidió a Dios sabiduría y la recibió; pero vino mucho más con la bendición: riqueza, éxito, poder, fama. Mientras permaneció siendo sabio al darle a Dios el primer lugar en su vida, el joven rey y su reino florecieron como nunca antes. Pero cuando se alejó de Dios, abriendo su corazón al pecado, cuando comenzó a apoyarse en su riqueza financiera a exclusión de su riqueza espiritual, su vida y su imperio se tambalearon. El autor Warren Wiersbe resume la lección que debemos aprender de este fracaso: “Disfrutar los dones sin el Dador es idolatría, y esto nunca puede satisfacer el corazón humano.”

No caigas en la trampa del querer más y más, agradece a Dios por lo que tienes y si generosamente te da más, ten en cuenta que vino de su mano y que solo con El tendrá sentido lo que hagamos con lo material.