“Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá.”(Marcos 11: 24)
No podemos esperar recibir respuestas a nuestras oraciones si no pedimos. Santiago lo expresó de manera simple: “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís.” (Santiago 4: 2)
 
Y al pedir, hay un ingrediente que no debe faltar en nuestras súplicas: “Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá.” (Marcos 11: 24) Estas son palabras de Jesús que contienen una maravillosa promesa para nosotros. Al orar debemos creer que lo vamos a recibir, en otras palabras debemos tener fe y lo recibiremos.
 
No se trata de tener fe en la oración misma, ella es solo el medio por el cual nos comunicamos con nuestro Dios. Al orar debemos hacerlo confiando en el poder, el propósito, la promesa, los planes, y la voluntad de Dios. La auténtica oración de fe se enfoca en honrar el nombre de Dios, en el avance de su reino y en el cumplimiento de su voluntad. Entonces el Señor nos dice: “Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá.” Esta no es una invitación a mirar a Dios como quien nos concederá todas nuestras peticiones codiciosas y egoístas. Por el contrario, la oración egoísta no será contestada. Santiago advirtió: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.”(Santiago 4: 3)
 
La promesa de Jesús es solo para aquellos que oran de manera coherente con la voluntad divina: “Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye.” (1 Juan 5: 14) Quien ora de esta manera puede creer que todo lo que pida en oración lo recibirá. El cristiano que ora así, está cumpliendo la condición que Jesús presentó al decir: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.”(Juan 15: 7) Este creyente permanece en Cristo y en consecuencia las palabras de Cristo permanecen en El, despojándole de todo egoísmo al orar y capacitándole de hacerlo conforme a la voluntad de Dios.
 
Los cristianos somos llamados a abrir nuestro corazón delante de Dios en oración persistente y apasionada (Salmo 62: 8), pero nuestras oraciones siempre deben estar limitadas por el sincero deseo de que se haga la voluntad de Dios, no la nuestra. Al orar así estamos reconociendo que la voluntad divina es más grande, más pura, más sabia, más generosa, más compasiva, y más clemente que cualquier cosa podamos imaginar alguna vez.