“Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas.”
(Marcos 11: 25)

El negarnos a perdonar a otros daña nuestra relación con Dios. Jesús dijo: “Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas.” (Marcos 11: 25) Si al momento de orar viene a nuestra mente la imagen de alguien que debemos perdonar, el Señor nos dice: “¡Hazlo!” O de otra manera no recibiremos el perdón de Dios.

Aclaráramos que el perdón al que se hace referencia aquí no es el perdón eterno que acompaña a la salvación, la cual no se basa en obras y que no puede perderse. Aquí Cristo se refirió al perdón relacional de los pecados que son parte de la vida diaria de los creyentes y que interrumpe el goce de su comunión con el Señor, a eso mismo se refirió en el Sermón del Monte: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; más si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.”(Mateo 6: 14- 15)
La Biblia nos manda: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.” (Efesios 4: 32), y no hacerlo es pecado. Y ya que el salmista escribió: “Si en mi corazón hubiese yo mirado (en este caso, negarse a confesar y perdonar) a la iniquidad, El Señor no me habría escuchado.” (Salmo 66: 18), las oraciones de esa persona no serán escuchadas.
La negativa a perdonar, como todo pecado, nos va destruyendo. La amargura, la ira prolongada y el resentimiento son toxinas emocionales que envenenan nuestras almas. El perdón es un gran cauterizador, quema las emociones enfermas y nos libera de la prisión del pasado.
Cuando decides no perdonar a alguien nada ganas y si pierdes mucho. Tu relación con Dios se verá afectada y quedarás amargado, enojado y rencoroso. Necesitas perdonar, no porque esa persona se merezca el perdón, sino porque Dios lo manda. Recuerda que nosotros tampoco merecíamos su perdón y el por gracia nos lo otorgó.
No se puede aceptar el perdón total y compasivo de Dios y después no perdonar a otra persona (Mateo 18: 23- 35).
Al orar perdona, no vale la pena hacer lo contrario. No dejes que tu resentimiento estorbe tus oraciones.
Dios es lo más importante y tener una relación santa con él debe esencial para nosotros.