“ A quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso.”

(1 Pedro 1: 8)

Nuestra relación con Dios no está basada en que le vemos físicamente: “porque por fe andamos, no por vista” (2 Corintios 5: 7)    No hemos tenido el privilegio de ver a Jesús como sucedió con sus discípulos, no obstante eso no impide que le amemos: “a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso.” (1 Pedro 1: 8) 

Estas palabras suenan extrañas en los oídos de los incrédulos llevándoles a preguntar: ¿Cómo se puede amar a alguien a quien no se puede ver?  La respuesta se encuentra en estos versículos: “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.”(1 Juan 4: 9-10)

Aprendemos amar cuando somos expuestos al amor de otra persona, así nos ha sucedido con relación a Dios. Es posible amar a Dios que no vemos cuando nos hacemos conscientes de lo que él ha hecho por nosotros al ser iluminados para entenderlo. El nos amó primero y expresó ese amor al dar por nosotros la preciosa vida de su Hijo. Al creer en Jesucristo iniciamos una relación personal con Dios. Y a lo largo del camino a la eternidad seguimos sin verle con nuestros ojos pero amándole. Somos dichosos porque aunque no hemos visto en persona al Salvador, creemos en él y le amamos como si estuviera presente.

¿Acaso no has visto a Cristo en los tiempos de prueba? Cuando viene el dolor, este disipa la niebla que obstruye nuestra visión espiritual. En momentos como esos Dios se hace especialmente  visible a nuestra fe.