Es difícil de oír un no como respuesta y es más difícil aún cuando viene de Dios. De manera general pensamos en el amor como algo que da, no algo que niega. Y al ser Dios amor y como nos ama, nos cuesta aceptar que se niegue a responder a nuestro clamor. Esta es una equivocada manera de pensar. Sucede que a veces la negativa de Dios es una realidad con la cual debemos lidiar.

 La Biblia nos enseña que el pecado sin confesar por la ausencia de un corazón no arrepentido es una de las razones por la que Dios no contesta nuestras oraciones: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, El Señor no me habría escuchado.” (Salmo 66: 18) Dios no derrama sus bendiciones sobre aquellos que están en rebeldía.

Si nos encontramos ante el no de Dios, un sincero autoexamen es lo más oportuno. Y si al hacerlo hallamos algún pecado en nuestra vida que  estorba nuestra relación con Dios es tiempo recordar estas palabras: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” (1 Juan 1: 8-9)

La conversión no significa la erradicación de nuestra naturaleza pecaminosa. Conocer a Cristo implica que ahora tenemos una nueva naturaleza, procedente de Dios, con el poder para vivir victoriosamente sobre el pecado contra el cual seguimos luchando. Y si hemos pecado, negarlo es autoengaño y falsedad, la sincera confesión es el mejor camino: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia. (Proverbios 28: 13) Y parte de esa misericordia nos llega cuando Dios da respuesta a nuestras suplicas.

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